El complejo de Spiderman

Ron Weasley: "¿por qué arañas? ¿Por qué no podemos seguir mariposas?

Ron Weasley y sus fobias.

Reconozcámoslo, las arañas suelen caernos mal. Son de esas especies que cuando se descubre una cría, en lugar de soltar un ¡oh! sueltas una maldición. O un zapato. O ambos.

¿Pero qué culpa tienen las arañas de ser arañas? Los griegos de la Era Clásica se hacían muchas preguntas sobre cualquier cosa y una de tantas explicaciones pretendía resolver este misterio. Imaginad al típico niño espartano preguntando a su padre por qué las arañas van a sitios donde nadie las quiere y al padre pensando si debería darle un bofetón para que se haga un hombre o mandarle al exilio antes de que el resto de la población descubra la deshonra de un nuevo filósofo.

Como sea, los griegos llegaron a una sencilla explicación. La existencia de las arañas era culpa de la prepotencia de una mujer. Ya sabéis, si la culpa se la puedes endosar a una mujer, premio doble. Seguramente un griego clásico convencido diría que las arañas y las mujeres tenían bastante en común: todas tejían. Hasta ahí la similitud. Pero no dejemos que una mentira empañe una buena historia.

La primera mujer con sentido arácnido vivía en Lidia. Hija de un importante mercader, tenía mucha habilidad con el telar y hasta disponía de su propio taller. Muchos eran los que admiraban la destreza de la joven. El problema es que tanta admiración se le subió a la cabeza y terminó por volverse un tanto impertinente. Imaginaos un símil de Cristiano Ronaldo en la industria textil. Lo sé, dan ganas de bajarse del mundo.

Las diferentes versiones del mito concuerdan en que la joven, que se llamaba Aracne, terminó por retar a la propia diosa de la sabiduría y las artes, Atenea, a un concurso de tapices. En su momento debió de ser un evento tan importante como la Super Bowl. Ah, no, que participaban mujeres. Disculpad mi atrevimiento por la comparación entonces.

Atenea, muy ufana, representó su victoria ante Poseidón durante la competición por el patronazgo de Atenas pero Aracne, que pretendía ganar por goleada, bordó con todo lujo de detalle los errores que los propios dioses habían cometido a lo largo de su historia. Cabe destacar que la mayoría correspondían a  Zeus (ese es otro al que la grandeza se le subió pronto a la cabeza).

Atenea no llevaba muy bien que le leyeran la cartilla y estalló. Destruyó el tapiz de Aracne, incluso tras considerar que era igual o incluso mejor que el suyo.

Las hilanderas o La fábula de Aracne, óleo sobre lienzo, 220 x 289 cm, Madrid, Museo del Prado

Las hilanderas o La fábula de Aracne (Diego Velázquez), Madrid, Museo del Prado

Sobre el final de la historia existen un par de lecturas diferentes pero todas concluyen que es tras el juicio de Atenea que se produce la transformación de la joven.

De una de las versiones se obtiene que Atenea no podía dejar a Aracne salir triunfal. Sería como admitir que los dioses no eran superiores a los hombres. Por eso, como castigo le convierte en araña. Es decir, Aracne no ha perdido el concurso pero se ha extralimitado con su humillación a los dioses y le toca ser humillada. Como le pasa a la serpiente en el mito de Adán y Eva, también la araña será rehuida por el ser humano, destinada a hilar e hilar sin descanso.

Otra versión comenta que Atenea sencillamente destruye el tapiz por orgullo. Es una diosa que no puede admitir que ha sido superada por nadie, menos por un mortal; busca un defecto en el trabajo del otro y se conforma con eso. ¿Autocrítica divina? ¿Eso qué es? Aracne, pasada la euforia de su victoria, se da cuenta de lo que ha conseguido y, llena de miedo, se ahorca. Entonces Atenea se compadece de ella y la transforma en araña, para que tenga una segunda oportunidad.

Ni qué decir tiene que cualquiera de las opciones es cruel con la muchacha. Los dioses no solían conceder segundas oportunidades a nadie (por eso de intentar prevenir una sublevación de las razas inferiores) y cuando lo hacían rara vez solía ser para mejor.

No es el único mito del que se extrae que nunca un mortal podría equipararse a una divinidad. Tanto en la cultura grecolatina como en otras, existen muchos mitos que castigan la osadía de retar a los dioses (Adán y Eva, la Torre de Babel…) No porque logren su objetivo realmente sino porque se intenta cambiar el orden de los estamentos y eso es algo que ninguna divinidad que se considere como tal puede tolerar.

Como seguramente habéis supuesto, del nombre de la joven surgen diversas palabras que guardan referencia con su transformación. Aracnofobia (el miedo a las arañas) o arácnido (especie animal) son algunas de las más conocidas. La especie arácnida tiene bastante importancia en las mitologías que aparecen durante la Era Antigua.

La mitología y yo

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Una representación pictórica de la constelación de Orión

Lo primero que quiero decir es que no soy un experto en Cultura Clásica. No soy licenciado en Historia Antigua, Arqueología… ni siquiera Historia del Arte. Simplemente soy un apasionado de los mitos griegos desde que tengo uso de razón.

Muchas veces he sentido la necesidad de contar algo. Cuando era más joven todo el mundo me decía que tenía que escribir, que se me daba muy bien. Entonces me parecía increíble sufrir pánico ante una hoja en blanco, siempre sentía que podía comenzar por cualquier cosa que se me pasara por la cabeza.

Con el paso de los años, entre el apuro y la falta de dedicación, siento que esa facilidad se me escurrió de entre los dedos. Ahora sí le temo a la hoja en blanco; tanto que por no sufrirla durante todo este tiempo me he ido convenciendo que escribir no era tan importante, que tal vez no fuera lo mío, que mejor gastar el tiempo en otras cosas que me proporcionaran una satisfacción más inmediata.

Sin embargo, no puedo dejar de sentir un regusto amargo, una especie de sentimiento de culpabilidad por no vencer al temor y darle la vuelta. Más aun cuando leo a amigos míos que a pesar del mismo miedo, se esfuerzan y disfrutan mientras escriben. Es por eso que en un día como hoy, cansado de luchar con mí mismo, decido agarrar al toro por los cuernos cual Heracles cabreado con el mundo, y retarme a escribir una entrada en un blog (este mismo) una vez a la semana.

Aquí es cuando entra en juego la Mitología. Hablar de mitología grecolatina es algo que podría estar haciendo horas y horas sin cansarme. Probablemente vosotros os cansaríais antes de oírme divagar sobre la bondad o la importancia de esta o aquella divinidad. No os lo reprocharía, ni soy buen orador ni suelo apoyarme en héroes mayoritarios. En cualquier caso, la mitología es ese tema que, a pesar de ser una recopilación de historias de hace miles y miles de años, y tal vez precisamente por eso, me apasiona tanto que a veces siento que es real y que el cuento es mi propia vida. ¡Tan atrayente resulta para mí!

Antes de terminar con este intento de introducción breve, quiero repetir que no soy un experto, sólo un humilde entusiasta. Si perdonáis algún que otro desliz que pueda cometer, prometo recompensaros con una lectura amena y más de una sonrisa.